jueves, 3 de febrero de 2011

Ya no sé pa’ donde va la micro




Quise estar tirada en la cama toda la tarde como una forma de protesta o rebelión al individualismo colectivo que se vivía hoy en casa. Me di mil vueltas por la cocina y me lo tragué todo como castigando a la conciencia por ser tan perversa y no dejar de hablarme de la culpa, del abandono, de la libertad. La jaqueca se dispersó hasta la nuca y una nube se puso sobre mis ojos que ya no quieren ver bien porque a estas alturas ya se han cansado de ser profetas en terrenos secos. Pero le sigo dando vuelta al asunto y la cobardía me tiene por los codos, sin embargo, el impulso me haría dejar la cagá sin mirarle la cara a nadie.

Repaso cientos de caras que se asoman por la ventana y analizo una por una buscando una respuesta, buscando ayuda, pero todas se alejan, todas viven en otros ritmos, en otras circunstancias, pero tú sigues ahí, durmiendo bajo la ventana, ofreciéndome la oportunidad del siglo, ofreciendo todo y yo no lo acepto, no puedo, lo intento pero no puedo, el karma nace desde mi suelo y contaminar terreno ajeno sería peor que acriminarme con el resto.

Agarré la toalla con hilachas y me metí a la ducha para escuchar un poco de Bjork, Elis Regina y Kings of Convenience, buscando que la locura se teletransportara por un rato o mejor aún que se fuera por el desagüe junto con el agua y el jabón. Y luego de tanto blablá me invadió un sueño profundo y no supe nada de nadie porque la casa seguía vacía y la radio sonaba sola en el living, en otro espacio y yo estaba en otra casa, con otra música, en otras paralelas, claro todo esto producto de la imaginación, así que le subí el volumen al computador para tapar la radio que me devolvía al día de hoy, y me hipnoticé escribiendo cosas cotidianas para poder ocupar la mente, pero en cualquier momento la casa se llenaría de voces y parlamentos rígidamente aprendidos, a los cuales me incorporaría como ente manipulado y sordo de tanto grito por debajo del asfalto, aún y a pesar de todo lo dicho y lo no dicho anteriormente igual extraño los pasos cortitos por la escala, los porqués intercalados entre risas e incomprensión y sus dientes chiquititos mascando alguna fruta desabrida pero jugosa.

Bastó detenerme unos segundos antes de paralizarme de susto al escuchar un estruendo en el patio, agarré la toalla mojada e hice como si la fuese a tender, me asomé por la puerta y la radio de afuera estaba encendida; después de todo parece que en esta casa nunca estoy realmente sola como quisiera.